viernes, 20 de abril de 2018

Morir dignamente


Andrés López
Socio de Hartu-Emanak

Esta mañana he conocido la muerte de D. Luis Montes. Era el presidente de la Asociación “Derecho a morir dignamente” y desde aquí quiero presentar mi respeto y reconocimiento, así como mi agradecimiento a su labor.
DMD es una asociación sin ánimo de lucro, registrada en el Ministerio del Interior con los siguientes fines:
Promover el derecho de toda persona a disponer con libertad de su cuerpo y de su vida, y a elegir libre y legalmente el momento y los medios para finalizarla.
Defender, de modo especial, el derecho de los enfermos terminales e irreversibles a morir sin sufrimientos, si este es su deseo expreso.”
Habrá en HartuEmanak muchos que piensen que ese no es el camino, que estén de acuerdo con quienes allá por los primeros años de este siglo lo tacharon de asesino, aunque luego fuera absuelto de cualquier mala praxis médica con sus pacientes terminales, a los que ayudó a morir dignamente.
Aún así muchos, en vuestro pleno derecho, no estaréis de acuerdo con aquello que defiende. Pero, a pocas fechas de un Encuentro Intergeneracional dedicado a la pedagogía de la muerte, no puedo menos que plantearme alguna pregunta de este pelaje: si llego a necesitarlo, ¿podré disponer libremente de un suicidio asistido?

lunes, 16 de abril de 2018

¿Qué quieres ser de mayor?



Ismael Arnaiz Markaida
Publicado en DEIA
3 septiembre 2017
El día 1 de octubre se celebra el Día Internacional de las Personas Mayores, y eso me ha hecho recordar que, cuando era niño y también de joven, muchas veces me preguntaron: ¿Qué quieres ser de mayor? No recuerdo lo que contestaba. Han pasado muchos años de aquello. Es posible que ni supiera contestarla. Me quedaba muy lejos eso de “ser mayor”. Lo curioso es que, ahora que ya “soy mayor”, nadie me pregunta lo que quiero ser, y en cambio, todos me dicen lo que tengo que ser. Unos me dicen que soy un jubilado, un pensionista. Sí, de esos que estamos vaciando la “hucha de las pensiones”. Otros, peor intencionados, me dicen que soy de la tercera edad, que soy viejo o, incluso, anciano.
También hay quien se atreve a decirme lo que tengo que hacer: cuidar a los nietos, pasear, viajar, descansar, bailar, jugar a las cartas... Pues sí, efectivamente, puedo hacer todas esas cosas, pero además, yo les digo que sigo siendo un ciudadano con todos los derechos y obligaciones. Que quiero seguir participando activamente en la sociedad en la que vivo, porque esos, los derechos y las obligaciones, no caducan con la edad. Y estoy seguro de que hay muchos “mayores” que piensan como yo. Así es que menos decir lo que somos y lo que tenemos que hacer cuando somos mayores, y más reconocer nuestros conocimientos, experiencias, valores, etc. y permitir que los pongamos al servicio de la sociedad.

miércoles, 4 de abril de 2018

Los programas intergeneracionales



Solidaridad intergeneracional
y cohesión social
publicación de Hartu emanak

Desde mediados de la década de los noventa (del siglo pasado), Naciones Unidas viene formulando la necesidad de construir una “sociedad para todas las edades”, y son muchas las opiniones que consideran que si aumentamos y organizamos de modo adecuado las oportunidades que las personas de una generación pueden tener para relacionarse con personas de otras generaciones, se puede conseguir que un mayor número de esas personas decidan aprovechar la ocasión y practicar más la interacción intergeneracional.
Asumida esta opinión, es fácil considerar que cuantas más relaciones entre las generaciones se produzcan, más cerca estaremos de eliminar alguna de las barreras que impiden, hoy por hoy, que nuestras sociedades sean realmente “para todas las edades”.
En una encuesta realizada por el Observatorio de Mayores del INSERSO, se vio, entre otros aspectos relacionados con las actividades desarrolladas por las personas mayores, que el estar con niños o con jóvenes tan sólo era la décima actividad más frecuente de las personas mayores encuestadas.
Este dato nos plantea una pregunta: ¿el contacto entre generaciones no es mayor porque no se ofrecen más oportunidades para ello o porque las oportunidades existentes no son suficientemente atractivas?
Profundizando más en el tema, nos podemos preguntar: ¿es posible pensar en implantar una “sociedad para todas las edades” en la que cada persona, como individuo tenga sus derechos garantizados pero, a la vez, no tenga facilidades para mantener relaciones cotidianas con otras personas de distintas edades? ¿nos conformamos con estar bien, o de lo que se trata es de poder estar bien juntos?
Con el fin de dar respuestas adecuadas a estas preguntas, en la II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid en 2002, se reconoció que “es necesario fortalecer la solidaridad entre las generaciones y las asociaciones intergeneracionales, teniendo presente las necesidades particulares de los más mayores y los más jóvenes, y alentar las relaciones solidarias entre generaciones”. Y una forma de conseguirlo, también según Naciones Unidas, “es apoyando las actividades tradicionales y no tradicionales de asistencia mutua intergeneracional dentro de la familia, la vecindad y la comunidad, aplicando una clara perspectiva de género”.
El distanciamiento y el enfrentamiento entre las distintas generaciones está en el origen de los Programas Intergeneracionales (en adelante PI), que comenzaron a desarrollarse en Estados Unidos hace cuatro décadas. Hasta la fecha, estos programas han demostrado, dentro y fuera de Norteamérica, que pueden ayudar a eliminar, o al menos a disminuir, las barreras que dificultan el contacto y las relaciones intergeneracionales, y facilitar el objetivo marcado por Naciones Unidas: “construir una sociedad para todas las edades”. Ahora bien, como defiende Generations United, organización que promueve y defiende los PI en Estados Unidos, éstos no deben ser algo bonito sino algo necesario y efectivo. Incluso se puede decir más: deben ser algo diseñado, programado y desarrollado, con la participación de personas de distintas generaciones, para su beneficio mutuo y del conjunto de la sociedad.
De todo lo anterior se desprende que el fin último de los PI, es la construcción de una sociedad para todas las edades, propuesta por Naciones Unidas no sólo como un concepto, sino también como un ideal, una meta y el argumento principal de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid en 2002.