domingo, 6 de abril de 2014

Desarrollo personal



Desarrollo personal
Extracto de la ponencia de

Ramón Flecha García
en las I Jornadas de Hartu-emanak 4 al 6 de Noviembre de 2003
“Sensibilización para una acción social transformadora
de y con las personas mayores”
Qué sentido tienen las personas mayores dentro de la sociedad de la información y qué papel pueden desempeñar
…Volviendo al modelo de sociedad industrial, que está desapareciendo progresivamente, se consideraba que en esos mismos años en que parecía que se desarrollaba la inteligencia, entre los cero y los dieciocho o veinte años, también era cuando nos íbamos haciendo personas. A este proceso se le denominaba a veces socialización, entendiendo que, cuando una persona nace, la sociedad “gasta” unos dieciocho o veinte años en convertirla en persona adulta y que, una vez finalizado este proceso, las personas ya teníamos una vida estable en todos los sentidos. Es decir, que lo que se había logrado a los 25 años se conservaba intacto para siempre.
Tres cosas fundamentales eran las que se suponía que teníamos que lograr en esos primeros años de nuestras vidas. En primer lugar, un oficio, para el que las personas se formaban y preparaban en el propio puesto de trabajo, como aprendices, o mediante los estudios de formación profesional, o en la universidad. En segundo lugar, las personas teníamos que formar una familia. Nos echábamos novio o novia y, más o menos a los veintitrés o veinticinco años, nos casábamos y enseguida, al cabo de un año o dos, empezábamos a tener hijos e hijas. Ya teníamos un oficio para toda la vida y una familia para toda la vida. En tercer lugar, lo que debíamos conseguir era una cierta propiedad, preferentemente un piso o una casa, es decir, un sitio donde íbamos a vivir ya toda la vida. Detrás de estos tres requisitos que toda persona debía conseguir, se escondía una concepción de vida estable.
Como se consideraba que las personas, ya no mayores, sino adultas en general, no iban a cambiar gran cosa a lo largo de toda su vida, se extrapolaba esta concepción a todos los ámbitos. Así, como con la inteligencia, se consideraba que nuestro desarrollo personal tenía que llegar hasta ese y sólo hasta ese momento.
En la sociedad actual, la sociedad de la información, esta perspectiva ha dado un giro radical. Hoy tenemos una adultez activa. Es decir, que a lo largo de nuestra vida adulta experimentamos múltiples cambios y transformaciones. Lo del oficio para toda la vida es una realidad cada vez más infrecuente y la mayoría de personas se ven obligadas a cambiar de ocupación varias veces a lo largo de su vida. Además, los viejos oficios desaparecen y en su lugar emergen nuevas ocupaciones. El modelo de familia tradicional también se está poniendo hoy en crisis (Beck y Beck-Gernsheim, 2001). Muchas parejas hoy se separan, y luego se vuelven a juntar o muchas personas se vuelven a enamorar a los sesenta o setenta años. Lo mismo ocurre en el caso de la vivienda. Una persona puede pasar seis meses en Barcelona, 6 meses en Benidorm, etc. Cada vez es más inusual que una persona tenga un piso para vivir en él toda la vida.
A la luz de todos esos cambios, nos vemos obligados y obligadas a ir fomentando nuestro desarrollo personal a lo largo de todas nuestras vidas. Durante la sociedad industrial había un dicho: “quien no se enamora a los 20 años, es que no tiene corazón; y quien se enamora a los 60, es que no tiene cabeza”. Se consideraba entonces que enamorarse era algo que había que hacer antes de formar la familia, a los dieciocho o veinte años, para poder casarse a los veintitrés o veinticinco. En cambio, la sociedad se dirige en nuestros días hacia un camino totalmente opuesto.
Si nos fijamos en muchas de las que hoy son personas mayores, veremos que realizan actividades como ir a bailar o salir con los amigos, que en algunos casos se enamoran más perdidamente que antes o incluso que algunas se juntan o se casan. En definitiva, que desarrollan una vida social, afectiva y sentimental mucho más activa que personas de cuarenta años.
Se debe trabajar para que se reconozca la dignidad de estos cambios, hay que promover la aceptación social y la libertad individual para el desarrollo personal de las personas mayores. Desgraciadamente, algunas personas mayores que trabajaron mucho en su día para que sus hijos e hijas fueran a la universidad y que sufrieron cuando esos hijos e hijas dibujaron una trayectoria vital muy diferente a la que estas personas mayores hubieran deseado, se topan hoy con la intransigencia de estos hijos e hijas, hoy adultos y cabezas de familia, cuando, por ejemplo, les explican que se han vuelto a enamorar y que quieren vivir con otras personas. Es decir, que la generación que en su día no aceptó las normas de sus padres y madres, pretende hoy volver a imponerles esas normas. En este sentido, es importante luchar para que todas las personas mayores tengan la misma libertad individual que en su día disfrutaron las generaciones hoy adultas, ya que gracias a ella fueron capaces de promover y conseguir muchos cambios sociales en beneficio de todas las personas.

domingo, 30 de marzo de 2014

Echar abajo los estereotipos




Organización Mundial de la Salud
Por lo común, todos valoramos y respetamos a las personas mayores que amamos o a las que conocemos bien. A pesar de ello, nuestras actitudes hacia otros ancianos en la sociedad en general pueden ser diferentes.
En muchas sociedades tradicionales, las personas de edad son respetadas como «nuestros mayores». Pero en otras, las mujeres y los hombres de edad pueden ser menos respetadas. La marginación puede ser estructural, por ejemplo mediante la imposición de edades obligatorias para la jubilación, o informal, como cuando se considera que las personas mayores son menos vigorosas y menos útiles a los ojos de un posible empleador.
Actitudes como estas son ejemplos del prejuicio por motivos de edad, según el cual se crean estereotipos en torno a ciertas personas o grupos a causa de su edad, o directamente se los discrimina. Al amparo de estos prejuicios se llega a representar a las personas mayores como frágiles, «anticuadas», incapacitadas para el trabajo, débiles, de reacciones lentas, discapacitadas o de plano incapaces. Este prejuicio separa a la sociedad en jóvenes y viejos.
A consecuencia de estos estereotipos, las personas mayores pueden verse privadas de participar plenamente en actividades sociales, políticas, económicas, culturales, espirituales, cívicas y de muchos otros tipos. Los jóvenes pueden a veces influir en estas decisiones por las actitudes que adoptan hacia las personas mayores o incluso erigiendo barreras a la participación de estas.
Además, esos estereotipos pueden impedirnos hacer frente a los problemas del envejecimiento de la población porque determinan que no formulemos las preguntas exactas o que no encontremos soluciones imaginativas.

domingo, 23 de marzo de 2014

Inteligencia cultural


Ramón Flecha García
I Jornadas de sensibilización para
una acción social transformadora
de y con las personas mayores
Bilbao, 4 al 6 de Noviembre de 2003

Qué sentido tienen las personas mayores dentro de la sociedad de la información y qué papel pueden desempeñar

El proverbio dice: “cuando se muere una persona mayor, se quema una biblioteca”. En efecto, las personas mayores atesoran un gran caudal de conocimientos que la sociedad tiene que aprender a tener muy en cuenta para que todos y todas podamos sacar provecho de ellos.
A través de las tertulias literarias, muchas personas no sólo ven reforzadas sus ideas y convicciones, sino que además encuentran ejemplos que les sirven de estímulo y referente. Es el caso, por ejemplo, de las mujeres que luchan día a día por la superación de las desigualdades de género y que descubren el ejemplo de Safo de Lesbos. Cuando se iniciaba la literatura occidental, en Grecia, la mayoría de obras literarias, como la Ilíada o la Odisea, escritas por hombres, eran epopeyas que narraban grandes hechos históricos y batallas militares. Sin embargo, un tiempo después apareció un nuevo tipo de literatura en la que, en lugar de explicar batallas, se trataba el tema del amor y fue precisamente Safo de Lesbos, una mujer, la pionera en este campo. Este es un claro ejemplo de las aportaciones que determinados colectivos tradicionalmente minorizados, como las mujeres, son capaces de hacer, este caso, a la literatura.
Otro ejemplo muy impactante es el de Maite, una participante en educación de personas adultas que en su día, durante la infancia y la adolescencia, no pudo ir a la escuela. A través de su participación en las tertulias literarias dialógicas, Maite ha sido capaz de leer no sólo una, sino hasta tres veces una de las novelas más importantes del siglo XX, el Ulises de James Joyce. Se trata de un libro tan difícil de leer que normalmente la gente universitaria lo compra, lo guarda en la biblioteca, pero no lo acaba de leer nunca. Este fue el caso de José Antonio Labordeta, cantante y actualmente diputado en el Parlamento español. En un encuentro con personas participantes en educación de personas adultas, Labordeta, sorprendido por la erudición de Maite respecto al Ulises, confesó: “Mira que yo he ido a la universidad, mira que ahorré un dinerito para encerrarme mes y medio en un monasterio para leerlo y no lo conseguí. ¡Y resulta que tú me estás diciendo que lo estás leyendo por tercera vez y que lo conoces con ese detalle!”. Este caso demuestra como personas muy cultas y con mucha formación académica, incluso diputados como Labordeta, si son capaces de superar sus prejuicios y situarse en un plano de igualdad, pueden aprender de la experiencia de personas como Maite, que no han tenido la posibilidad de estudiar.
El aprendizaje permanente permite también transformar y mejorar las relaciones intergeneracionales, es decir, con otras personas de otras edades, incluso dentro del propio domicilio familiar. Este fue el caso de Sandra, una mujer que había trabajado toda la vida como señora de la limpieza para que su hija pudiera estudiar. Sin embargo, una vez que su hija ya había estudiado en la universidad y se había casado con el que hoy en día es su yerno, también profesor, como ella, Sandra se dio cuenta de que, en las cenas familiares, ella tenía que seguir limpiando la casa, preparando la comida, la cena, luego fregando los platos y, sin embargo, cuando surgía una conversación un poco cultural, sobre cine por ejemplo, era completamente ignorada. Concretamente, estaba muy enfadada con su yerno porque siempre la mandaba callar, como si ella no entendiera de esos temas. Sandra empezó entonces a participar en una tertulia literaria dialógica y poco tiempo después llegó incluso a leer un libro de Kafka, La Metamorfosis. En otra de esas cenas familiares, durante el diálogo de la sobremesa, surgió casualmente el tema de Kafka. Entonces ella saltó ante su yerno y le dijo: “Sí, pero de ese Kafka del que hablas yo he leído un libro. ¿Tú has leído alguno?”. De este modo, a través de los conocimientos adquiridos en las tertulias literarias dialógicas, Sandra había conseguido reforzar su autoestima y exigir un respeto hacia su persona y sus capacidades por parte incluso de sus propios familiares.

domingo, 16 de marzo de 2014

Matar el tiempo



Por Bergara
miembro de Hartu-emanak
Pienso que todos hemos utilizado en alguna ocasión la expresión: “Matar el tiempo”. Y al hacerlo creo que nos referíamos a inactividad, apatía, indiferencia, pasividad, o, en el mejor de los casos, para definir lo que podían hacer las Personas Mayores después de una vida de duro trabajo: “matar el tiempo”. O lo que sería lo mismo...¡descansar! Tal vez como una forma de prepararse para el “descanso eterno”.
Y al recordar esto, me viene la imagen de aquellos grupos de personas mayores, bastón en ristre, sentados uno junto al otro en un banco del parque si hacía buen tiempo o del pórtico de la iglesia cuando llovía. Con la mirada perdida en la distancia y un rotundo silencio acompañando su quietud. Sin duda estaban intentando....”matar el tiempo”.
Pero las personas mayores, como el conjunto de la sociedad, hemos evolucionado, y en la actualidad eso de “matar el tiempo”, como que no tiene sentido. Llegamos a esa “categoría” social de “mayores” en mejores condiciones físicas, mentales y económicas que generaciones anteriores. Con una mayor esperanza de vida y con muchas más capacidades para hacer muchas otras cosas, y no simplemente...”matar el tiempo”.
Debemos tener muy presente que el tiempo es vida, y por lo tanto “matar el tiempo” equivale a “matar la vida”, desperdiciarla, desaprovechar las muchas oportunidades que nos proporciona el cese de la vida laboral y/o de atención a la familia. Oportunidades que debemos aprovechar para envejecer de forma saludable para nosotros mismos, y productivo para el conjunto de nuestro entorno familiar y social.
En consecuencia, lo razonable, es envejecer de forma saludable mediante ejercicio físico, una buena alimentación, teniendo pensamientos positivos.... Pero para completar y potenciar ese envejecimiento saludable, también es necesario estar socialmente bien. Integrados en el entorno social en el que vivimos, dando nuestro tiempo (en vez de matarlo) a los que necesitan algo de nosotros, poniendo a disposición de los demás nuestras capacidades, nuestros conocimientos y nuestra experiencia.
Sólo así “daremos VIDA  al tiempo”, y envejeceremos, plenamente, de forma saludable.

domingo, 9 de marzo de 2014

Papel del Educador social en relación con las personas mayores.



por María Alonso Trueba
alumna de 4º Educación social
en prácticas en Hartu-emanak

El papel del Educador social en relación con las personas mayores, es un aspecto que me ha hecho reflexionar a lo largo de los cuatro años de mi carrera, por ello voy expresar unas reflexiones y opiniones particulares sobre el tema.
Personalmente creo que se tiene en segundo plano a estos profesionales con relación a las personas mayores. Creo que los Educadores sociales son necesarios, si no imprescindibles, en este ámbito, ya que pueden ofrecer un cuidado asistencial interviniendo con el objetivo de ir más allá de lo básico, aprovechando las cualidades individuales de cada Educando. Con esto no quiero decir que no deje de ver también fundamental que los demás profesionales de la Educación sean necesarios en dicha intervención, ya que para que sea completa deben participar todos los profesionales como psicólogos, animadores socioculturales, monitores, integradores Sociales, Maestros y sin prescindir del Educador social.
Como conclusión deseo destacar varios puntos. El primero es que a la hora de intervenir con las personas mayores, se debe centrar la intervención en mejorar su calidad de vida, dejando en un segundo plano aspectos como su comodidad. Sin embargo en el caso de las residencias, este hecho para algunas personas como los familiares de los ancianos es la prioridad no dando la misma importancia al papel de los profesionales, principalmente el del Educador social que en ocasiones esta anulado. Lo que quiero reiterar es la importancia que tiene el Educador en las personas mayores, y se debe seguir trabajando para que la sociedad llegue a ver con total normalidad al educador en este ámbito, y no verlo como algo novedoso, como ocurre en la actualidad.
Y el segundo punto es que, como sabemos, el envejecimiento es un proceso complejo y continuo que se desarrolla a lo largo de la vida, por ello es la sociedad quien impone el modelo de envejecimiento de las personas y personalmente creo que ese modelo debe ser elegido y construido por cada persona, no impuesto. Estos son aspectos que deben ser mejorados y para ello toda la sociedad debemos formar parte de dicho cambio.

domingo, 2 de marzo de 2014

Por la Cultura al Diálogo Social. Aula Cultural Hartu-emanak



Joseba Eguiraun
Asociación Hartu-emanak

En el año 2004, Hartu-emanak asumió un nuevo objetivo: “promover el diálogo social”, y para ello puso en marcha las denominadas Tertulias Literarias, en las que, mediante una metodología dialógica y teniendo como motivación la lectura compartida, se establecían intercambios de opiniones, de ideas, dando así respuesta a lo que se definió como “por la Cultura al Diálogo Social”.
Posteriormente se incorporaron otras materias, como motivo de diálogo, tales como la historia, el cine, el arte..., lo que, pasados algunos años, dio lugar a lo que actualmente denominamos Aula Cultural Hartu-emanak, que está abierta a la participación de toda la ciudadanía interesada en el tema. Son, por tanto, encuentros intergeneracionales e interculturales. Este Proyecto lleva ya un recorrido de varios años. Se trata de un proyecto social destinado al colectivo de las personas mayores aunque también participan personas más jóvenes.
Encaja en una de las finalidades de la Asociación: promover el conocimiento a lo largo de la vida. No es necesario ya recordar aspectos tan comunes como la necesidad de ofertas que pongan en actividad física, intelectual y social a las personas mayores y también a las más jóvenes.
Las actividades movilizan conocimientos y participación. Se evita el aislamiento y se adquiere mayor autoestima. Hemos utilizado la literatura, las clases de tipo magistral, los itinerarios por la ciudad y visitas a lugares relacionados con los temas expuestos.
Además hemos tratado temas de rabiosa actualidad como la sociedad actual y la crisis. Hemos tratado temas de historia contemporánea por medio del cine. Así hemos promovido el diálogo interpersonal, el intercambio de experiencias y opiniones ante textos, películas o la visión nueva de zonas de Bilbao, ya conocidas de antemano, pero que a la luz de las explicaciones adquieren una nueva dimensión relacionada con la historia. Además hemos ofrecido una visión comprensiva de la sociedad actual. Los usuarios de estos cursos han tenido un lugar donde disfrutar del ocio distinto a la dependencia de medios como la televisión, superando la rutina. Estamos convencidos de que hemos conseguido nuestros objetivos y que hemos abierto algunos horizontes.
Cada tema es presentado por una persona experta en la materia, y a partir de ahí se abre el diálogo entre los-las participantes, cuyo número suele ser unos cuarenta y cinco por sesión.
En esta Aula Cultural se programan distintos ciclos que se desarrollan a lo largo del año, con un total de 25 sesiones.
Los ocho años de experiencia con esta actividad es muy positiva, y es voluntad de Hartu-emanak seguir con ella “promoviendo el diálogo social”, a través de la Cultura, creando momentos y espacios de encuentro entre las personas, en los cuales tienen la posibilidad de aprender, de escuchar y de ser escuchadas.

domingo, 23 de febrero de 2014

El envejecimiento. Reflexión personal



por María Alonso Trueba
alumna de 4º Educación social
en prácticas en Hartu-emanak

Las percepciones que unas personas tenemos acerca de otras juegan un papel importante en nuestra voluntad de acercarnos y mantener relaciones con otros. Se ha planteado mucho el tema de cómo son percibidas las personas mayores por el resto de miembros de la sociedad. Según estudios contrastados las personas mayores son percibidas por la sociedad, sobre todo, como molestas, inactivas, y tristes y dependientes. Esta visión contrasta con la que tienen las personas mayores de sí mismas: más divertidas, menos tristes y más activas de lo que los demás piensan. Lo preocupante de datos como estos es que muchas personas mayores tienden a comportarse en base a la imagen dominante de la sociedad que según mi punto de vista, otro motivo para impulsar relaciones intergeneracionales positivas, que mejoren la imagen que las generaciones más jóvenes tienen de las personas mayores.
Otro punto que quiero destacar son las relaciones abuelos-nietos, suelen ser positivas, y se ponen en marcha sobre la base del respeto y del cariño. La gran mayoría de las personas mayores se sienten bastante o muy satisfechas con su relación con los nietos; y, en el caso de actuar de cuidadores, prevalece la sensación de que cuidar a los nietos es más un placer que una obligación.
En cuanto al entorno creo que pretende adoptar una visión del envejecimiento como un proceso natural en la vida de las personas, una experiencia positiva, y no como un problema. Que requiere un cambio de las actitudes sociales, a partir de la superación de aquellos discursos que transmiten un concepto de persona mayor pobre, infantil y limitado. El objetivo que el contexto social persigue es conseguir la inclusión y participación activa en la sociedad del colectivo de personas mayores, en todas las esferas y dimensiones de la política, y en contra de una “exclusión por edad”.
El envejecimiento positivo tiene que ir más allá de la participación de las personas mayores en iniciativas solidarias. La incorporación de las personas mayores en otras dimensiones como fuente de participación social es necesaria para que se represente la realidad de las personas mayores y su aportación a la sociedad, centrándose no solo en el cuidado de los nietos ni en el bienestar social.

domingo, 16 de febrero de 2014

La Soledad


por Ismael Arnaiz Markaida
Hartu-emanak

Algunos aseguran que la vida es como un viaje en tren. Cuando nacemos nos subimos al tren e iniciamos el viaje de nuestra vida muy bien acompañados. Están con nosotros nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros abuelos. Durante el “viaje”, se van incorporando otras personas: amigos, compañeros de colegio, de trabajo. Algunos nos casamos y van llegando los hijos, luego los nietos. Durante mucho tiempo, en el compartimento del tren en el que viajamos, siempre hay gente. Gente que viaja a nuestro lado, con la que compartimos... la vida.
Pero llegan momentos en los que algunos de nuestros compañeros de viaje se van “apeando”. Terminan su viaje o aprovechan un “cambio de vía” para iniciar otro trayecto. Nos vamos quedando solos. Nos llega la SOLEDAD. Una soledad que puede ser deseada y bien gestionada, o que puede ser causa de tristeza, de fragilidad social, de desarraigo y de marginación. Esta es una reflexión que debemos hacer con seriedad y una situación que debemos prevenir con tiempo.
Siguiendo con la semejanza de la vida con un viaje en tren, se podría decir que debemos estar con la puerta de nuestro compartimento siempre abierta, permitiendo que entren nuevos compañeros de viaje. Debemos estar abiertos a nuevas relaciones y aceptar nuevos roles sociales que nos permitan seguir integrados con el resto de viajeros, siendo plenamente conscientes de que siempre necesitamos algo de los demás, y de que los demás también necesitan de nosotros. Y lo que es muy importante.... ¡que somos capaces de dárselo!
En caso contrario, la pérdida, la ausencia de las personas que nos venían acompañando a lo largo de la vida y el hecho de no sentirnos útiles ayudando a otros, serán algunas de las principales causas de que se apodere de nosotros un sentimiento de SOLEDAD, que, como decía antes, nos puede llevar a la tristeza, la fragilidad social, el desarraigo y la marginación, hasta el punto de que, según los expertos, la SOLEDAD es uno de los principales problemas a los que nos enfrentamos las personas mayores.
Por eso, seguir cultivando relaciones de confianza con personas de la misma edad, e incluso de otras generaciones más jóvenes, es un reto más que debemos superar cuando llegamos “a ser mayores”, ya que las relaciones interpersonales impulsan la participación social y son un aspecto clave para el Envejecimiento Activo en sus dos dimensiones: Saludable para la persona que envejece y Rentable para la Sociedad en la que se envejece.

domingo, 9 de febrero de 2014

La Personas Mayores transmisores vivos de la historia



por Ismael Arnaiz Markaida
Hartu-emanak

A lo largo de la vida las personas vamos adquiriendo conocimiento y experiencias, lo que constituye nuestro “capital cultural”. En consecuencia, se puede afirmar que cuantos más años vivimos, más conocimiento y experiencia acumulamos. O sea, nuestro “capital cultural” es mayor, a medida que cumplimos años.
Por eso el hecho de que una Sociedad consiga aumentar la esperanza de vida de sus ciudadanos y ciudadanas, debe ser considerado un logro social, ya que ello permite, entre otras cosas, que el “capital cultural” de esa Sociedad aumente.
Por otra parte, una sociedad más longeva es, a la vez, una sociedad en la que las distintas generaciones tienen que convivir un mayor número de años. Esta consideración abre la puerta a nuevas formas de interacción entre las generaciones, a nivel familiar, comunitario y de toda la sociedad.
Estas dos realidades: una alta esperanza de vida como nunca ha existido y una coexistencia entre generaciones distintas, se dan en nuestra Sociedad. La cuestión está en ¿cómo podemos aprovecharlas para que, más allá de la simple yuxtaposición o coexistencia de las generaciones, se consiga un intercambio y transmisión de conocimientos y experiencias que sirvan para el enriquecimiento de todos?
Esta pregunta quedó contestada en la I Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Viena en 1982, al incluir entre sus conclusiones lo siguiente: Deben establecerse programas de educación en los que las personas mayores sean los maestros y transmisores de conocimientos, cultura y valores espirituales”.
Por tanto, las Personas Mayores tienen (tenemos) la obligación y la responsabilidad de ser “transmisores vivos de la historia”. Esa historia de la cual han (hemos) sido protagonistas. Esa historia que constituye, en todas las sociedades, lo que podemos llamar el “legado de nuestros mayores”.
Al resto de la Sociedad (Instituciones, Centros de enseñanza, Profesorado, etc.) le corresponde establecer los mecanismos que lo hagan posible, desde el  convencimiento de que las funciones educativas que el colectivo de Personas Mayores pueden desempeñar en la sociedad, están aún por re-descubrir
, y que las Personas Mayores son un potente recurso para rescatar del olvido, o bien impedir que se olvide, la historia de un pueblo: su lenguaje, los dichos populares, las actividades laborales y económicas, las costumbres sociales, los regímenes políticos vividos, los conflictos sufridos, es decir, todo aquello que constituye la vida cotidiana de un pueblo y sus gentes.

domingo, 2 de febrero de 2014

La última Bastilla. De cómo luchar contra la discriminación de los Mayores


Extractado de la ponencia de
D. Enrique Gil Calvo[1]
en el Seminario–Taller Hartu-emanak Abril de 2004,
El empoderamiento y la participación social
Una llamada desde las personas mayores a la sociedad
Como el título elegido podría llamar a engaño, parece conveniente comenzar por su pronta aclaración. Siendo la Toma de la Bastilla el rótulo histórico que se usa para identificar aquella violenta insurrección popular que determinó el triunfo definitivo de la Revolución Francesa, utilizar a la Bastilla como símbolo del empoderamiento de las personas mayores podría significar para la generalidad del gran público una de estas dos posibilidades, si es que no ambas a la vez. Puede entenderse, por un lado, que para lograr la emancipación de los mayores hace falta una revolución violenta, quizá protagonizada activamente por los propios mayores, y de la que muy difícilmente podrían resultar victoriosos, dada su evidente inferioridad en la vigente correlación de fuerzas que les enfrenta a las demás edades de adultos y en parte de jóvenes que hoy monopolizan el poder dominante en la sociedad. Pero también podría simbolizar, por otra parte, que la de los mayores fuera la última gran revolución que quedaría todavía pendiente, como si ya hubieran triunfado con éxito completo las demás revoluciones emancipatorias protagonizadas por el resto de sujetos históricos oprimidos: la clase obrera, las mujeres, las poblaciones periféricas explotadas por el colonialismo occidental, etc.
Bien, pues nada de eso. Es verdad que hace falta lograr la emancipación de los mayores, hoy discriminados y excluidos en función de su edad; y que si esto se consiguiera con éxito, sin duda representaría un cambio social de tal magnitud que deberíamos llamarlo revolucionario. Ahora bien, de ahí no se deduce que tal revolución tuviera que ser violenta. Antes al contrario, dado que toda revolución causa una injusta cosecha de víctimas, destacando entre éstas la gran proporción de mayores a quienes se hace víctimas de graves daños tanto en sus vidas como en sus bienes y haciendas; y dado también que las revoluciones violentas son protagonizadas por los jóvenes más fuertes que se suben al carro para apoderarse de ella; de todo ello se deduce que ninguna revolución violenta podrá liberar ni emancipar a las personas mayores. O sea que sólo podrá ser una revolución metafórica y figurada en el sentido de que ha de cursar de forma pacífica y radicalmente no violenta, que es el único modo de lograr que su protagonismo no sea expropiado por las edades más fuertes sino que sea ejercido con prioridad por las personas mayores y conducido además bajo su propio liderazgo. De no ser así, no habría verdadero empoderamiento de los mayores, empoderamiento que tampoco puede consistir en la toma violenta o revolucionaria del poder, como si hubiera que regresar a una imposible gerontocracia perdida y afortunadamente abolida para siempre, sino que ha de consistir en la asunción progresiva y por procedimientos escrupulosamente pacíficos y democráticos de lo que metafóricamente cabe llamar poder gris: abolición de la discriminación de las personas mayores y adquisición colectiva de la capacidad para adueñarse en común de su propio destino soberano.
Y por la otra parte, tampoco pretendo sugerir que la emancipación de los mayores sea la única causa de liberación que queda pendiente: ni tan siquiera la principal, seguramente. Por el contrario, además de las personas mayores, existen muchos otros colectivos sociales que necesitan ser primero liberados, luego emancipados y finalmente empoderados. En nuestro primer mundo del Norte, están las otras cuatro categorías que, junto con los mayores, constituyen las cinco emes (5M) a emancipar: menores (jóvenes socialmente excluidos), mujeres (segregadas y discriminadas), minorías (étnicas, religiosas, culturales o sexuales) y migrantes (expulsados de sus países de origen por causas políticas, sociales, culturales o económicas). Y además está toda la mayoría de la humanidad actual, residente en ese Sur empobrecido que con su océano de miseria y sumisión forzosas rodea nuestro archipiélago de riqueza y libertad. Pero con esto tampoco quiero decir que estas otras causas de liberación pendiente tengan prioridad sobre la causa de nuestros mayores. Al contrario, lo que sugiero es que tales causas son todas ellas tan legítimas como la de los mayores, y que por lo tanto podrían coordinarse entre sí de tal modo que formasen coaliciones de empoderamiento para que la liberación de cada colectivo fuese condición de posibilidad de la liberación de los demás.
Pero entonces, si no aludo a la toma revolucionaria del poder ni tampoco a la relegación de los mayores como último colectivo a emancipar, ¿por qué recurro a la metáfora de ‘la última bastilla’? Sobre todo, mi intención es aludir a la conveniencia, si es que no a la necesidad, de que toda persona se sienta moralmente obligada, cuando llega a la etapa final de su vida, a resistirse a la exclusión social de la que va a ser objeto, intentando sobreponerse a ella para tratar de conquistar y mantener contra viento y marea la mayor capacidad de autonomía personal y colectiva, como participante en la activa movilización de sus grupos de coetáneos. Se trata de tomar una Bastilla porque hay que luchar contra la discriminación y conquistar el derecho a ejercer la propia soberanía. Y se trata de una Bastilla última porque es la que se deja necesariamente pendiente para el final de la vida, una vez tomadas las demás Bastillas previas que se fueron asaltando en fases sucesivas a lo largo del itinerario biográfico de lucha por la vida. Pues, contra la tentación del retiro pasivo todavía dominante, cuando se acerca el final de la vida queda una última tarea pendiente a realizar de forma intransferible, que es envejecer con autoridad, respeto ajeno y propio orgullo, para de esa forma poder morir más tarde con dignidad.


[1] Catedrático de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid