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sábado, 24 de septiembre de 2016

Día Internacional de las Personas Mayores




El 1 de octubre se conmemora el Día Internacional de las Personas Mayores. Cada 1 de octubre, personas de todas las edades en casi 50 países piden un cambio en temas que afectan a las personas mayores como las pensiones, la salud, la vivienda o el acceso al trabajo.
Esta jornada se enfrenta a la discriminación por la edad a nivel internacional así como por incidir sobre políticas de ayuda amigables con el envejecimiento y también motivar a la comunidad internacional para una Convención sobre los Derechos de las Personas Mayores.

¿Qué es la discriminación por edad? La discriminación por edad es cuando las personas mayores son tratadas peor que otros grupos de edad en la sociedad. Tiene muchas caras y ocurre en todas partes.

El resultado es que las personas mayores son olvidadas con demasiada frecuencia en la sociedad, y muchas pertenecen al colectivo de las personas más pobres del mundo: 100 millones viven con menos de 1 dólar al día.

El tema es importante. Entre otros efectos, la discriminación de las personas mayores hace que se pierdan todos los efectos positivos de la contribución de estas personas mayores hacia sus familias y hacia la comunidad en general.

domingo, 27 de abril de 2014

Malos tratos



Extraído de “Los derechos de las personas mayores
y la prevención del mal trato”
Por Francisco Javier Leturia y
Nerea Etxaniz
La expresión “malos tratos” se ha ido adaptando en los últimos años y de forma paulatina a modos más suaves de expresión y así empiezan a ser frecuentes, y a estar, en cierto modo, homologadas, expresiones como “trato inadecuado”. La denominación malos tratos tiene un contenido mucho más relacionado con la punibilidad de las acciones que se salen del trato normalizado, y que pueden ser constitutivas de delito o falta. En ocasiones el término trato inadecuado podría ser útil para definir aquellas situaciones que denotan una insuficiencia o incorrección pero no constituyen maltrato. No obstante esta matización sería mejor consensuarla una vez que se avance en la sensibilización adecuada respecto al tema, se definan correctamente “el trato adecuado, el buen trato, etc.” así como los estándares correctos, especialmente en programas y centros de atención.
El punto de apoyo sobre el que se asienta cualquier fundamentación jurídica no es otro que la consideración de persona que todo ser humano tiene. Por muy enferma y mayor que se encuentre una persona no deja de ser persona y tiene unos derechos básicos que se denominan fundamentales y están recogidos en la Constitución. Desde el artículo 14 al 29 de la Constitución Española se van recogiendo una serie de derechos personales que deben ser salvaguardados y que pertenecen a la persona, cualquiera que sea su situación. Estos derechos están también reflejados en la Declaración de derechos humanos aprobada por la ONU en 1948. Todos los ciudadanos y ciudadanas son de primera, no cabe distinciones cuando de estos derechos estamos hablando. Todos tenemos:
• Derecho a un trato de igualdad ante la ley
• Derecho a la vida
• Derecho a la libertad
• Derecho al honor, a la intimidad y a la propia imagen
• Derecho a la libertad de residencia
• Derecho a recibir una información veraz
• Derecho a la tutela y defensa de los jueces...
La mayor parte de los abusos que se cometen contra estas personas están tipificados como constitutivos de delito o falta.
El abordaje del maltrato en la persona mayor, especialmente si no es autónoma, requiere una planificación coordinada en todos los niveles que haga frente a todo tipo de maltrato, se infrinja a quien se infrinja y en cualquier ámbito, bien sea domicilio, centros y programas de atención, tanto sociales como sanitarios, en servicios públicos o privados, medios de comunicación, etc. Todo maltrato es igualmente indigno. Esta planificación debe tener en cuenta los factores multidimensionales del problema y abordarlo conjuntamente de manera interdisciplinar en los diferentes niveles. De lo contrario es difícil que en una sociedad como la actual disminuya notablemente este tipo de comportamiento, alimentado en muchas ocasiones por patrones de conducta aprendidos en la misma sociedad que lo critica (Martínez Maroto, 2007).
Como afirma Martínez Maroto (2002), todo lo relacionado con la violencia se está tratando, sobre todo en los últimos años, de manera muy fragmentada. Así se habla muy a menudo, con especial énfasis, y no sin razón, del maltrato que se inflige especialmente a las mujeres o a los niños. Quizás para superar estas consideraciones fragmentadas es por lo que existe un Plan de Acción contra la violencia doméstica, pero será difícil romper las referencias por colectivos y hablar del maltrato en general.
Así un tratamiento genérico y global de maltrato hubiera sido siempre mucho más adecuado a la realidad social que la vertebración por franjas de edad, por género o por cualquier otra circunstancia. El que maltrata lo hace por múltiples razones, entre las que sobresale la fragilidad del receptor del maltrato y ahí esta lógicamente la figura de la persona mayor, tantas veces objeto del maltrato (Martínez, A. 2005).
El maltrato a personas mayores se engloba en la categoría de violencia doméstica o familiar. Para que los profesionales puedan identificar y detectar si están atendiendo a una persona mayor que pueda estar sufriendo maltrato y/o negligencia es imprescindible que se llegue a un consenso en la definición del término, de manera que todos los profesionales compartan su significado (Pérez Rojo, G. 2004).
Entre el 5% y el 8% de las personas mayores sufren algún tipo de malos tratos, pero este porcentaje, según otros observadores, puede multiplicarse por tres o por cuatro ya que las fuentes de conocimiento del mismo son absolutamente inadecuadas y solo un porcentaje muy pequeño de las personas mayores maltratadas hace algún tipo de denuncia lo que produce un efecto iceberg.
Entre las causas del maltrato se han citado: el cambio de valores en nuestra sociedad actual en la que la juventud, la productividad y la salud son valores en alza, mientras que la persona mayor, enferma con frecuencia, dependiente e improductiva, es infravalorada y a veces resulta una “molestia” para familias nucleares con dificultades para cuidar de ella. Sin duda los factores sociales y culturales están implicados, pero también otros, familiares e individuales. Se han identificado factores asociados a maltrato, como el estrés de la persona cuidadora, problemas socioeconómicos, antecedentes de violencia familiar, etc., pero se consideran factores de riesgo más que propiamente causales, ya que no siempre su existencia condiciona la aparición del problema, sino sólo aumenta la probabilidad de que éste aparezca.

domingo, 2 de febrero de 2014

La última Bastilla. De cómo luchar contra la discriminación de los Mayores


Extractado de la ponencia de
D. Enrique Gil Calvo[1]
en el Seminario–Taller Hartu-emanak Abril de 2004,
El empoderamiento y la participación social
Una llamada desde las personas mayores a la sociedad
Como el título elegido podría llamar a engaño, parece conveniente comenzar por su pronta aclaración. Siendo la Toma de la Bastilla el rótulo histórico que se usa para identificar aquella violenta insurrección popular que determinó el triunfo definitivo de la Revolución Francesa, utilizar a la Bastilla como símbolo del empoderamiento de las personas mayores podría significar para la generalidad del gran público una de estas dos posibilidades, si es que no ambas a la vez. Puede entenderse, por un lado, que para lograr la emancipación de los mayores hace falta una revolución violenta, quizá protagonizada activamente por los propios mayores, y de la que muy difícilmente podrían resultar victoriosos, dada su evidente inferioridad en la vigente correlación de fuerzas que les enfrenta a las demás edades de adultos y en parte de jóvenes que hoy monopolizan el poder dominante en la sociedad. Pero también podría simbolizar, por otra parte, que la de los mayores fuera la última gran revolución que quedaría todavía pendiente, como si ya hubieran triunfado con éxito completo las demás revoluciones emancipatorias protagonizadas por el resto de sujetos históricos oprimidos: la clase obrera, las mujeres, las poblaciones periféricas explotadas por el colonialismo occidental, etc.
Bien, pues nada de eso. Es verdad que hace falta lograr la emancipación de los mayores, hoy discriminados y excluidos en función de su edad; y que si esto se consiguiera con éxito, sin duda representaría un cambio social de tal magnitud que deberíamos llamarlo revolucionario. Ahora bien, de ahí no se deduce que tal revolución tuviera que ser violenta. Antes al contrario, dado que toda revolución causa una injusta cosecha de víctimas, destacando entre éstas la gran proporción de mayores a quienes se hace víctimas de graves daños tanto en sus vidas como en sus bienes y haciendas; y dado también que las revoluciones violentas son protagonizadas por los jóvenes más fuertes que se suben al carro para apoderarse de ella; de todo ello se deduce que ninguna revolución violenta podrá liberar ni emancipar a las personas mayores. O sea que sólo podrá ser una revolución metafórica y figurada en el sentido de que ha de cursar de forma pacífica y radicalmente no violenta, que es el único modo de lograr que su protagonismo no sea expropiado por las edades más fuertes sino que sea ejercido con prioridad por las personas mayores y conducido además bajo su propio liderazgo. De no ser así, no habría verdadero empoderamiento de los mayores, empoderamiento que tampoco puede consistir en la toma violenta o revolucionaria del poder, como si hubiera que regresar a una imposible gerontocracia perdida y afortunadamente abolida para siempre, sino que ha de consistir en la asunción progresiva y por procedimientos escrupulosamente pacíficos y democráticos de lo que metafóricamente cabe llamar poder gris: abolición de la discriminación de las personas mayores y adquisición colectiva de la capacidad para adueñarse en común de su propio destino soberano.
Y por la otra parte, tampoco pretendo sugerir que la emancipación de los mayores sea la única causa de liberación que queda pendiente: ni tan siquiera la principal, seguramente. Por el contrario, además de las personas mayores, existen muchos otros colectivos sociales que necesitan ser primero liberados, luego emancipados y finalmente empoderados. En nuestro primer mundo del Norte, están las otras cuatro categorías que, junto con los mayores, constituyen las cinco emes (5M) a emancipar: menores (jóvenes socialmente excluidos), mujeres (segregadas y discriminadas), minorías (étnicas, religiosas, culturales o sexuales) y migrantes (expulsados de sus países de origen por causas políticas, sociales, culturales o económicas). Y además está toda la mayoría de la humanidad actual, residente en ese Sur empobrecido que con su océano de miseria y sumisión forzosas rodea nuestro archipiélago de riqueza y libertad. Pero con esto tampoco quiero decir que estas otras causas de liberación pendiente tengan prioridad sobre la causa de nuestros mayores. Al contrario, lo que sugiero es que tales causas son todas ellas tan legítimas como la de los mayores, y que por lo tanto podrían coordinarse entre sí de tal modo que formasen coaliciones de empoderamiento para que la liberación de cada colectivo fuese condición de posibilidad de la liberación de los demás.
Pero entonces, si no aludo a la toma revolucionaria del poder ni tampoco a la relegación de los mayores como último colectivo a emancipar, ¿por qué recurro a la metáfora de ‘la última bastilla’? Sobre todo, mi intención es aludir a la conveniencia, si es que no a la necesidad, de que toda persona se sienta moralmente obligada, cuando llega a la etapa final de su vida, a resistirse a la exclusión social de la que va a ser objeto, intentando sobreponerse a ella para tratar de conquistar y mantener contra viento y marea la mayor capacidad de autonomía personal y colectiva, como participante en la activa movilización de sus grupos de coetáneos. Se trata de tomar una Bastilla porque hay que luchar contra la discriminación y conquistar el derecho a ejercer la propia soberanía. Y se trata de una Bastilla última porque es la que se deja necesariamente pendiente para el final de la vida, una vez tomadas las demás Bastillas previas que se fueron asaltando en fases sucesivas a lo largo del itinerario biográfico de lucha por la vida. Pues, contra la tentación del retiro pasivo todavía dominante, cuando se acerca el final de la vida queda una última tarea pendiente a realizar de forma intransferible, que es envejecer con autoridad, respeto ajeno y propio orgullo, para de esa forma poder morir más tarde con dignidad.


[1] Catedrático de Sociología en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la Universidad Complutense de Madrid

viernes, 6 de diciembre de 2013

La ignorada y ocultada discriminación contra los ancianos



Por Vicenç Navarro
Publicado en Publico.es
5 diciembre 2013
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
España es el país, de los muchos en los que he vivido en mi vida –Suecia, Gran Bretaña, EEUU y España-, donde hay más discriminación en contra de los ancianos, y donde hay menos conciencia generalizada de la existencia de dicha discriminación. Está ocurriendo con los ancianos una situación semejante a la que ha venido ocurriendo con la discriminación de las mujeres, discriminación que continúa existiendo pero que, por fin, se admite que existe. Con los ancianos existe, pero todavía no se percibe o reconoce como discriminación.
Como ocurre en el caso de la mujer, tal discriminación permanecía oculta bajo el caparazón de la caballerosidad, en que  siempre se prestaba especial atención en la cultura latina a las mujeres. Se las dejaba pasar abriéndoles la puerta, y los caballeros se quitaban el sombrero para saludarlas. Las buenas maneras caballerescas eran siempre indicador del supuesto trato diferencial y deferencial hacia la mujer, en teoría, el centro de atención, atención caballeresca detrás de la cual existía y continúa existiendo una brutal discriminación.
Algo semejante ocurre con los ancianos, a los que se trata, en teoría, con gran amabilidad. En realidad, el término ampliamente utilizado para definir a los ancianos es el de abuelos, que da la impresión de estima y cordialidad. Llamar a una persona anciana desconocida con el nombre de abuelo es, sin embargo, un término ofensivo y condescendiente en extremo cuando es utilizado por personas que no tienen ningún parentesco con el anciano. Cuando mi nieto me llama abuelo me gusta. Cuando una persona desconocida en la calle me llama abuelo, me molesta. Siempre recordaré a mi padre, una persona muy representativa de la generación de republicanos que perdieron la guerra, que siempre mantuvo su gran dignidad y el orgullo de su pasado, que cuando alguien desconocido le llamaba abuelo, le contestaba “Mire usted, yo no soy su abuelo ni deseo serlo. Llámeme Sr. o Don Vicente”. Esto es lo que me pasa a mí y a millones de ancianos en este país. Y ya no digamos cuando se refieren a los ancianos como viejos, lo cual todavía se utiliza ampliamente como insulto, como puede el lector atestiguar leyendo algunos comentarios hostiles a mis artículos que aparecen en los diarios digitales en los que publico.
Es fácil ver la discriminación hacia los ancianos diariamente. Pequeños detalles saltan aquí y allá. Y como ocurre con todas las discriminaciones, los que discriminan, en su gran mayoría, ni se dan cuenta de ello, pues reproducen una cultura que es altamente discriminatoria. En realidad, los ancianos raramente aparecen en los medios de mayor difusión en los países latinos. Siempre recordaré que una de las cosas que me impresionó más favorablemente cuando viví en Suecia (siendo yo joven) fue ver que la periodista que daba las noticias en la televisión pública de mayor difusión era una mujer de avanzada edad. Nunca lo había visto ni lo he visto en España. En los países latinos, en general, los presentadores son jóvenes, y si son mujeres (reflejando el machismo de la sociedad) tienen que llevar un escote muy amplio. Y raramente se ven películas o programas de televisión que se centren en personajes ancianos. Los ancianos están ya marginados, esperando que se vayan, y algunos incluso les empujarían para que lo hicieran lo antes posible. Como dijo un ministro de Economía y Finanzas del gobierno japonés, “el deber patriótico de los viejos es que se mueran cuando les corresponda” (es decir, lo más pronto posible). Muchos economistas neoliberales lo piensan, pero no lo dicen.
¿Lucha de generaciones o lucha de clases?
Esta manera de ver a los ancianos ha alcanzado su expresión máxima en la discusión sobre las pensiones, que se ha caracterizado precisamente por esta discriminación. Se presenta constantemente la imagen de que la sociedad no podrá pagar las pensiones, pues hay demasiados ancianos y muy pocos jóvenes. Esta aseveración ha alcanzado el nivel de dogma. No se aclara por qué, si la sociedad es cada vez más rica, no puede pagar las pensiones de aquellos que han creado la riqueza. En todos los países de la OCDE, el PIB per capita ha crecido más rápidamente que el porcentaje de la población anciana o el alargamiento de la esperanza de vida. Ello no es obstáculo para que los establishments financiero, económico, político y mediático españoles estén, cada vez más, subrayando que la sociedad se gasta demasiado en los ancianos y muy poco en los jóvenes. La última versión es la del Profesor Antón Costas que, en su columna semanal en El País, indicó este pasado domingo (01.12.13) que España se gasta demasiado en pensiones y muy poco en jóvenes. En otras palabras, el mensaje que se transmite es que los ancianos viven mejor a costa de que los jóvenes vivan peor. La explotación de clase ha sido, así, sustituida por la explotación de unos grupos etarios –los ancianos- sobre otros –los jóvenes-.
Los datos muestran, sin embargo, la falta de credibilidad de esta postura. España se gasta mucho menos en pensiones de vejez (6,9% del PIB) que el promedio de la UE-15 (el grupo de países de la UE de semejante nivel de desarrollo económico al español, 9,7% del PIB) y menos de lo que se tendría que gastar por el nivel de desarrollo que tiene. Y, mira por dónde, todos los países que se gastan poco en los ancianos se gastan también poco en los jóvenes. El gasto de educación en España (que beneficia sobre todos a los más jóvenes) es también de los más bajos de la UE-15 (4,97% del PIB versus 6,14% en la UE-15). El problema no es, pues, que se gaste poco en los jóvenes porque se gasta demasiado en los ancianos, sino que el Estado se gasta muy poco, tanto en las transferencias públicas (como las pensiones) como en los servicios públicos (como educación) del Estado del Bienestar. Y ello como resultado de que el Estado recauda menos ingresos de lo que debería recaudar por el nivel de riqueza que tiene (los ingresos al Estado representan sólo un 31% del PIB. El promedio en la UE-15 es un 44%). España es el país que tiene un Estado más pobre, y ello a pesar de que su PIB per cápita (que mide la riqueza del país) es ya casi el promedio de la UE-15, el grupo de países más ricos de la Unión Europea.
La causa de que el Estado (incluyendo sus comunidades autónomas) ingrese tan poco no es porque la gente que trabaja, la mayoría de la población adulta, no pague impuestos. En realidad, la gente que está en nómina ya paga cantidades y porcentajes semejantes al resto de la UE-15. El problema no es la mayoría, sino la minoría de gente súper rica (que deriva sus ingresos del capital) y rica, que apenas pagan impuestos. Las grandes fortunas, las grandes empresas y la banca pagan mucho, mucho menos de lo que usted y yo pagamos. Y ahí está el problema. Es lo que se llamaba antes “la lucha de clases”, que aquella minoría súper rica y rica (el 10% de la población) gana diariamente, término que ya no se utiliza en los medios de información (que aquella minoría controla) por considerarse un término anticuado, sustituido ahora por un término y concepto más “moderno”, la lucha de generaciones. ¿Lo entiende? Ni que decir tiene, este artículo no se aprobaría para su publicación en ninguno de los medios de mayor difusión, mostrando la falta de credibilidad democrática que tienen los mayores medios de información en nuestro país. Ruego al lector que lo distribuya lo más ampliamente posible.

martes, 1 de octubre de 2013

Nos llaman MAYORES pero nos tratan como a MENORES



1º de Octubre – Día del Mayor

Ismael Arnaiz
Miembro de Hartu-emanak
La Organización de Naciones Unidas (ONU) acordó dedicar el día 1º de Octubre a las Personas Mayores. En consecuencia son muchas las Instituciones Públicas que en este “Día del Mayor”, se animan a preparar actos y homenajes a los Mayores.
A mí, esto de dedicar un día a “algo o a alguien”, me hace pensar que ese “algo o alguien” está malo o tiene algún problema. Me recuerda a aquello que se decía en los años 40, 50 e incluso los 60: “cuando un obrero come merluza, es que alguno de los dos está malo, la merluza o el obrero”.
Pues bien, si la ONU ha dedicado un día a los Mayores, es porque este colectivo está, personal y socialmente, mal.
Está mal a nivel personal por la precariedad de las pensiones, por tener la necesidad de cubrir algunas de las necesidades económicas de sus hijos, por tener que atender a sus nietos, por la discriminación en los servicios de salud, por el creciente estado de maltrato y soledad en el que viven algunos....
Está mal a nivel social al ser considerado como algo marginal, dependiente, al que hay que cuidar, al que hay que atender, y sobre todo por ser considerado un colectivo que consume y no produce. Y todo esto por el rumbo economicista por el que discurre la sociedad actual, y que tan aplaudido es por algunas Instituciones Públicas y por algunos de sus responsables políticos.
Y como he dicho al comienzo, al llegar el 1º de Octubre son muchas las Instituciones que se afanan por celebrar actos y homenajes para y a favor de los Mayores. Pues bien, será a sí como ellos ven la forma de celebrar el Día del Mayor, pero desde mi punto de vista, además de eso, tendrían que comprometerse de verdad, no un solo día, sino durante todo el año, a trabajar en cuatro líneas concretas:
1.      La eliminación de los estereotipos negativas que afectan a las Personas Mayores
2.   Asegurar el ejercicio de los Derechos de los Mayores, aprobados por Naciones Unidas sobre Seguridad, Dignidad y Participación Social
3.      Reconocimiento del capital social y cultural de las Personas Mayores, creando estructuras y cauces reales para su participación democrática, como auténticos agentes sociales capaces de contribuir a la construcción de una sociedad más justa, democrática y solidaria
4.  Promoviendo las relaciones intergeneracionales, con el fin de construir, también, una Sociedad para todas las Edades, tal y como se aprobó en la II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid en el 2002
Y si no es así, seguiremos celebrando el Día del Mayor sólo con actos folklóricos, paternalistas e incluso diría infantilizadores y se seguirá demostrando lo que digo en el título de este artículo, que... “Nos llaman Mayores pero nos tratan como a Menores”.
Pero también tengo que reconocer que para avanzar en las líneas señaladas, es necesario que las propias Personas Mayores desarrollemos un proceso de empoderamiento que nos permita dar una respuesta adecuada a las Instituciones.

jueves, 29 de agosto de 2013

Jubilación





por Ramón Bayés
Profesor Emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona




Cuando alguien alcanza esta etapa o momento de su vida en que se jubila (con cierta dosis de júbilo) o lo jubilan (sin júbilo alguno), su biografía no ha finalizado. Incluso, para algunos, una parte substanciosa de la misma tal vez no haya hecho más que empezar. Es cierto que, en el seno de una cultura que admira la juventud, la acumulación de bienes y la inmediatez hedonística, los que llegamos a la vejez solemos hacerlo, como señalan Skinner y Vaughan (1983), con el estereotipo de tacaños, reiterativos, pelmas, lentos, irritables, quejicas, olvidadizos, ineficientes o carrozas.

Pero disponemos de ejemplos de personas centenarias (recordemos a la Premio Nobel de Medicina Rita Levi-Montalcini o al médico catalán Moisés Broogi) que nos muestran que este modelo negativo de anciano no refleja necesariamente una realidad universal. Nos incumbe a los que hemos llegado a la jubilación sustituir los estereotipos que nos atribuye la sociedad por otros más positivos – serenos, tolerantes, flexibles, generosos, compasivos, eficientes, no repetitivos, con sentido del humor, - demostrando con nuestro comportamiento que la vida, una vida plena y activa, puede prolongarse en bastantes casos, más allá de la jubilación
 


Aun admitiendo que la existencia de la jubilación constituye un innegable logro social, la rigidez de una frontera prefijada de edad conduce inevitablemente a un café para todos, que a algunos les sabrá amargo y a otros agua teñida. En el fondo, las normativas de jubilación vigentes en muchos países occidentales equivalen a una simple discriminación por edad, tan discutible, en principio, como la discriminación por sexo, raza o religión. A pesar de su dificultad, es necesario conseguir, un modelo de jubilación flexible capaz de adaptarse, tanto a las necesidades colectivas como a las individuales. Es preciso, tener en cuenta que la variabilidad interindividual se incrementa a lo largo de la vida, lo cual supone, por ejemplo, que desde un punto de vista cognitivo, a igualdad de edad, los ancianos son menos semejantes entre si que los jóvenes (Fernández-Ballesteros, 2009) y que algún día, lo más pronto posible, las “jubilaciones a la carta” deberían sustituir a las “jubilaciones-menú”