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jueves, 28 de junio de 2018

Por qué se envejece



Por qué se envejece
Publicado por Eroski consumer

El proceso de envejecimiento es inherente a la condición humana, por lo que lo que lo aconsejable, aunque no siempre resulte fácil, es asumirlo con naturalidad. No podemos evitar que cada día que pase seamos más viejos que el anterior, pero sí que el miedo, la tristeza o la apatía marque esa etapa de nuestra vida y de la de nuestros seres queridos.
En nuestros días envejecimiento significa achaques, dolores, problemas, dependencia, soledad..., pero no siempre ha sido así y no tiene por qué ser así. El mejor punto de partida para cambiar esta visión se encuentra en una pregunta: ¿cómo queremos vivir la vejez? No es frecuente que este interrogante surja en una persona joven o de mediana edad. Ahí radica uno de los problemas que surge ante esta etapa de la vida. Se obvia y se ve como algo lejano y ajeno a nosotros, que no nos afecta, cuando lo cierto es que mañana seremos nosotros los que viviremos la realidad en la que hoy se encuentran nuestros mayores.
La vejez es un destino que nos afecta a todos, por lo que la labor que hagamos por nuestros mayores significará trabajo para nosotros mismos. El envejecimiento no es algo estático, rígido, sino dinámico, cambiante, es decir, el que se vive ahora no será el mismo del de la siguiente generación, como tampoco es igual al de la generación anterior. Si echamos la vista atrás vemos que la vida de nuestros abuelos no es igual que la de nuestros padres o la de nuestros hijos. Por ello la vejez no es ni será la misma. Será diferente en cada generación, al igual que es diferente la sociedad en la que te toca vivir.
No debemos olvidar que no hay cambios ni mejoras si nadie se implica. De nosotros depende la transformación de la imagen del envejecimiento. El primer paso es intentar comprender las necesidades de los mayores, sus miedos... siempre desde el respeto a unos valores que pueden ser diferentes a los nuestros. El segundo se basa en mejorar su atención porque si aprendemos a cuidar a nuestros mayores aprendemos a cuidar de nosotros mismos. En esta labor es esencial evitar lo más temido por la persona mayor, la dependencia. Por último, hay que insistir con los medios a nuestro alcance para que los gobiernos, los bancos, los servicios sanitarios y sociales, los más jóvenes, las ONG, la publicidad... en definitiva, la sociedad en la que vivimos, aprenda a valorar el envejecimiento, respete y no relegue a un sector de la población que en breve estará constituido por los que en estos momentos marcan las leyes, los comportamientos, el reparto de bienes y las decisiones.
Hay muchas formas de envejecer. Se puede envejecer de forma acelerada, con el objetivo de ganar "años a la vida" y con el riesgo de un alto grado de dependencia, o bien se puede envejecer a un ritmo normal, con la meta de dar "vida a los años" y con un bajo grado de dependencia que se centraría en la última etapa. Con seguridad todo el mundo prefiere este segundo tipo de envejecimiento.
Este tipo de envejecimiento es posible en la actualidad. Se conoce con el nombre de envejecimiento saludable o envejecimiento activo y numerosos estudios avalan sus resultados de menor dependencia tanto física como mental (menor deterioro cognitivo, afectivo y social). Envejecimiento no es sinónimo de enfermedad, de dolor, de necesidad de ayuda de una o más personas, de demencia... Todo ello es sinónimo de un mal envejecimiento. Envejecer con salud, pese a lo que en principio se puede pensar, no requiere una gran cantidad de dinero y está al alcance de todos. Si sabemos cómo envejecemos, podremos mejorar nuestro envejecimiento.

domingo, 29 de diciembre de 2013

¿Mayores inactivos? ¿mayores improductivos?



Dña. Sacramento Pinazo Hernandis
Mitos y realidades de las personas mayores
V jornadas Hartu-emanak
Noviembre 2005

Existe un enorme caudal de ayuda (sin contraprestación económica) que las personas mayores dan diariamente, y que es muy importante para la vida social y comunitaria. Y hacemos referencia, por ejemplo, al cuidado de los enfermos, a la ayuda en la crianza de los nietos, al mantenimiento de los jóvenes no-emancipados- todavía y cuya salida del hogar familiar cada vez se retrasa más y más, a la participación en actividades voluntarias…
¿Viejos, ancianos, tercera edad, mayores, jubilados? En cuanto a la terminología parece más conveniente utilizar unos términos que otros. Por ejemplo, el término ‘viejos’ tiene un carácter claramente peyorativo, de desgaste e inutilidad. El término ‘anciano’ podría ser adecuado pues se refiere a un período de la existencia humana que viene detrás de la infancia, la adolescencia y la madurez. El eufemístico término ‘tercera edad’ ha tenido bastante aceptación pero es de difícil explicación ya que no existe una primera ni una segunda edad. ¿Cuál es, entonces, el calificativo más apropiado para referirse a los mayores de 65 años? Tanto para las personas de 65 ó más años como para los que se encuentran entre 18 y 64 años el término preferido es el de ‘mayores’, mientras que el término menos apropiado para ambos grupos es el de ‘viejos’.
El concepto ‘jubilación’ que marca la barrera entre los menores y los mayores de 65 años únicamente representa una marca jurídica, socialmente establecida, aunque es evidente que no todo el mundo abandona el mercado laboral a esa edad (en muchos casos la decisión ni siquiera depende de uno), y, además, hay muchas personas que nunca se jubilan porque nunca se insertaron profesionalmente, las amas de casa, por ejemplo.
La ‘tasa de dependencia’, por citar otro ejemplo, que no es más que un valor, una manera de cuantificar ‘el peso económico’ de la población no activa (y que, además, engloba a los menores de 16 años y los mayores de 65 años, y a todos aquellos discapacitados de cualquier grupo de edad que perciben pensiones) conlleva lecturas fatalistas del envejecimiento poblacional. Según ésta se etiqueta de dependiente a todo aquel que no trabaja (aunque a menudo se olviden todos sus años de cotización laboral a la Seguridad Social), convirtiendo en un fracaso estatal lo que más bien es un éxito poblacional: el que cada vez haya más gente que sobreviva hasta edades muy longevas.

lunes, 21 de octubre de 2013

Imágenes de las personas mayores. Una necesaria aclaración conceptual



¿Mayores inactivos? ¿Mayores improductivos?
 
Dña. Sacramento Pinazo Hernandis
(Extraído de las V. JORNADAS de Hartu-Emanak “Mitos y realidades de las Personas Mayores” Bilbao, 22 al 24 de noviembre de 2005 cuyas ponencias pueden encontrarse en la pagina web de Hartu-Emanak)


Existe un enorme caudal de ayuda (sin contraprestación económica) que las personas mayores dan diariamente, y que es muy importante para la vida social y comunitaria. Y hacemos referencia, por ejemplo, al cuidado de los enfermos, a la ayuda en la crianza de los nietos, al mantenimiento de los jóvenes no-emancipados- todavía y cuya salida del hogar familiar cada vez se retrasa más y más, a la participación en actividades voluntarias…
¿Viejos, ancianos, tercera edad, mayores, jubilados? En cuanto a la terminología parece más conveniente utilizar unos términos que otros. Por ejemplo, el término ‘viejos’ tiene un carácter claramente peyorativo, de desgaste e inutilidad. El término ‘anciano’ podría ser adecuado pues se refiere a un período de la existencia humana que viene detrás de la infancia, la adolescencia y la madurez. El eufemístico término ‘tercera edad’ ha tenido bastante aceptación pero es de difícil explicación ya que no existe una primera ni una segunda edad. ¿Cuál es, entonces, el calificativo más apropiado para referirse a los mayores de 65 años? Tanto para las personas de 65 ó más años como para los que se encuentran entre 18 y 64 años el término preferido es el de ‘mayores’, mientras que el término menos apropiado para ambos grupos es el de ‘viejos’.
El concepto ‘jubilación’ que marca la barrera entre los menores y los mayores de 65 años únicamente representa una marca jurídica, socialmente establecida, aunque es evidente que no todo el mundo abandona el mercado laboral a esa edad (en muchos casos la decisión ni siquiera depende de uno), y, además, hay muchas personas que nunca se jubilan porque nunca se insertaron profesionalmente, las amas de casa, por ejemplo.
La ‘tasa de dependencia’, por citar otro ejemplo, que no es más que un valor, una manera de cuantificar ‘el peso económico’ de la población no activa (y que, además, engloba a los menores de 16 años y los mayores de 65 años, y a todos aquellos discapacitados de cualquier grupo de edad que perciben pensiones) conlleva lecturas fatalistas del envejecimiento poblacional. Según ésta se etiqueta de dependiente a todo aquel que no trabaja (aunque a menudo se olviden todos sus años de cotización laboral a la Seguridad Social), convirtiendo en un fracaso estatal lo que más bien es un éxito poblacional: el que cada vez haya más gente que sobreviva hasta edades muy longevas.