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miércoles, 4 de abril de 2018

Los programas intergeneracionales



Solidaridad intergeneracional
y cohesión social
publicación de Hartu emanak

Desde mediados de la década de los noventa (del siglo pasado), Naciones Unidas viene formulando la necesidad de construir una “sociedad para todas las edades”, y son muchas las opiniones que consideran que si aumentamos y organizamos de modo adecuado las oportunidades que las personas de una generación pueden tener para relacionarse con personas de otras generaciones, se puede conseguir que un mayor número de esas personas decidan aprovechar la ocasión y practicar más la interacción intergeneracional.
Asumida esta opinión, es fácil considerar que cuantas más relaciones entre las generaciones se produzcan, más cerca estaremos de eliminar alguna de las barreras que impiden, hoy por hoy, que nuestras sociedades sean realmente “para todas las edades”.
En una encuesta realizada por el Observatorio de Mayores del INSERSO, se vio, entre otros aspectos relacionados con las actividades desarrolladas por las personas mayores, que el estar con niños o con jóvenes tan sólo era la décima actividad más frecuente de las personas mayores encuestadas.
Este dato nos plantea una pregunta: ¿el contacto entre generaciones no es mayor porque no se ofrecen más oportunidades para ello o porque las oportunidades existentes no son suficientemente atractivas?
Profundizando más en el tema, nos podemos preguntar: ¿es posible pensar en implantar una “sociedad para todas las edades” en la que cada persona, como individuo tenga sus derechos garantizados pero, a la vez, no tenga facilidades para mantener relaciones cotidianas con otras personas de distintas edades? ¿nos conformamos con estar bien, o de lo que se trata es de poder estar bien juntos?
Con el fin de dar respuestas adecuadas a estas preguntas, en la II Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid en 2002, se reconoció que “es necesario fortalecer la solidaridad entre las generaciones y las asociaciones intergeneracionales, teniendo presente las necesidades particulares de los más mayores y los más jóvenes, y alentar las relaciones solidarias entre generaciones”. Y una forma de conseguirlo, también según Naciones Unidas, “es apoyando las actividades tradicionales y no tradicionales de asistencia mutua intergeneracional dentro de la familia, la vecindad y la comunidad, aplicando una clara perspectiva de género”.
El distanciamiento y el enfrentamiento entre las distintas generaciones está en el origen de los Programas Intergeneracionales (en adelante PI), que comenzaron a desarrollarse en Estados Unidos hace cuatro décadas. Hasta la fecha, estos programas han demostrado, dentro y fuera de Norteamérica, que pueden ayudar a eliminar, o al menos a disminuir, las barreras que dificultan el contacto y las relaciones intergeneracionales, y facilitar el objetivo marcado por Naciones Unidas: “construir una sociedad para todas las edades”. Ahora bien, como defiende Generations United, organización que promueve y defiende los PI en Estados Unidos, éstos no deben ser algo bonito sino algo necesario y efectivo. Incluso se puede decir más: deben ser algo diseñado, programado y desarrollado, con la participación de personas de distintas generaciones, para su beneficio mutuo y del conjunto de la sociedad.
De todo lo anterior se desprende que el fin último de los PI, es la construcción de una sociedad para todas las edades, propuesta por Naciones Unidas no sólo como un concepto, sino también como un ideal, una meta y el argumento principal de la Segunda Asamblea Mundial sobre el Envejecimiento celebrada en Madrid en 2002.

martes, 20 de febrero de 2018

La huella generacional




Santiago Cambero Rivero
Profesor asociado
Departamento de Dirección de Empresa y Sociología
Universidad de Extremadura.

La European Foundation for the Improvement of Living and Working Conditions, en su anuario de 2011, apuntaba que en las próximas dos décadas, aumentará el promedio de edad de la población activa y disminuirá el número de hombres y mujeres en edad laboral, por lo que habrá que encontrar la fórmulas de desarrollo de las aptitudes y la empleabilidad de los trabajadores de más edad, manteniendo al mismo tiempo la salud, la motivación y las capacidades de los trabajadores senescentes. Asimismo, señalaba que deberían tomarse medidas de lucha contra la discriminación por edad y los estereotipos negativos atribuidos a los trabajadores sénior y, sobre todo, deberían adaptarse las condiciones de trabajo y las oportunidades de empleo a una población activa de edad diversificada.
En este escenario socio-demográfico surge el concepto de “huella generacional”, que pondera el impacto organizativo de los procesos de intercambio de información y conocimiento entre las personas de distintas edades y generaciones que cooperan para la consecución de fines organizacionales. Es decir, personas de varias edades que coexisten e interactúan en espacios públicos o privados significativos, cuya meta común es la inclusión social de todas estas personas, sin discriminación alguna por motivos de género, capacidades o edades, en sociedades donde la solidaridad entre generaciones contribuye al mantenimiento de las condiciones de vida hacia el bienestar general.
En el ámbito de la empresa privada llevan algunos años implementando políticas de gestión de la edad que se inscriben en el marco de la gestión de la diversidad (religión, idiomas, culturas, sexo, diversidad funcional, etc.), por sus efectos positivos para todos los trabajadores en términos de relaciones entre generaciones y las ventajas para las empresas en cuanto a factores económicos, productividad y oferta de mano de obra. Quizá estos elementos ya estén presentes en ciertas empresas, especialmente de tipo familiar que son concebidas como un proyecto de vida de varias generaciones, pero hay otras organizaciones como el sector público o el Tercer Sector que no evidencian la práctica de procesos de intercambio de conocimiento entre las personas de diferentes edades o de optimización y retención del talento.
La huella generacional es un fenómeno de transmisión-recepción entre personas de distintas edades y generaciones de experiencias técnicas, procedimentales y actitudinales, relaciones institucionales, búsqueda de fondos o gestión de personas que añadan valor añadido al propio trabajo profesional. Este es el desafío de las organizaciones en los tiempos venideros si pretenden ser más eficaces con menores recursos económico-financieros públicos y privados.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Un nuevo contrato social y generacional




Mario Cugat i Leseurs
Presidente de FATEC
(Federación de Asociaciones de
Gente Mayor de Catalunya)

El campo de actividades de voluntariado es muy amplio; a modo de ejemplo, mencionamos algunas:
  • Asesoramiento a las administraciones públicas.
  • Control de calidad en hospitales, residencias y servicios sociales.
  • Compañía hospitalaria a enfermos.
  • Mantenimiento y reparaciones domesticas para personas pobres.
  • Acompañamientos de solitarios y dependientes, de paseo o a domicilio.
  • Gestiones para enfermos e impedidos.
  • Culturización y formación profesional de inclusión social.
  • Inserción social de colectivos marginados.
  • Recepción, atención e integración de inmigrantes.
  • Actividades intergeneracionales en las escuelas.
  • Proyectos de recuperación de barrios y pueblos.
  • Investigación y documentación sobre todo tipo de hechos culturales antiguos.
  • Recuperación y mantenimiento de tradiciones, bailes, folclore e historia local.
  • Documentación y cuidado de la memoria histórica.
  • Recuperación y restauración de bibliotecas y documentos antiguos.
  • Restauración y reconstrucción de monumentos y obras de arte.
  • Repoblación forestal.
  • Enseñanza, protección y cuidado del entorno natural.
  • Trazado y señalización de senderismo histórico.
  • Guías de museos, monumentos y rutas turísticas culturales.
  • Recogida de datos para encuestas.
  • Verificación del mobiliario e instalaciones municipales y bienes ciudadanos.
Creemos que, con las herramientas de que dispone actualmente la sociedad, sociales, fiscales, laborales, de Seguridad Social, con las legislaciones vigentes y, en resumen, con la actual ordenación del país y de sus estructuras, no será posible resolver los problemas que se producirán debido al importantísimo aumento de personas mayores jubiladas y pensionistas que se acerca, inexorablemente, en las próximas décadas.
Deberá establecerse un nuevo contrato social y generacional, pactado entre todas las fuerzas políticas, culturales, sociales y económicas, así como los distintos segmentos de edad, que pueda hacer frente a las nuevas necesidades que impondrá la demografía, entre las que estará la de reubicar al colectivo de personas mayores, hoy todavía emergente, y cuyo rol está por definir entre todos, dado que, por primera vez en la historia, adquiere perfil propio en el seno de la colectividad.
Y aprovechar la disponibilidad y las capacidades variadas de las personas de edad para que, a través del voluntariado, ayudando a la sociedad y a los conciudadanos, encuentren un papel claro y reconocido, estimulante, eficiente y productivo que dé lugar a una vida jubilada feliz y atractiva.
Debe ser un pacto que se vaya desarrollando, quizás, paulatinamente a lo largo de los próximos años, a medida que vayan concretándose los diferentes datos, experiencias e informaciones, a través de un debate progresivo y dinámico, serio y comprometido, entre todas las partes constitutivas de una sociedad que quiere responder a los nuevos retos con antelación y previsión suficiente.
La propuesta que presentamos en este documento formaría parte del nuevo contrato como una más de las muchas resoluciones que deberán tomarse.
No es a las generaciones actuales de personas mayores a quien corresponde decidir cómo debe ser este pacto, ya que sus conocimientos, experiencias e informaciones son del pasado, y lo que se necesitará es que lo hagan las generaciones activas actuales y venideras, con datos y prospectivas fiables y con capacidad de pactar y decidir su propio futuro. Pero sí podemos proponerlo, estimularlo, advertir de su imperiosa necesidad y colaborar, si nos lo piden, en aquello que nos sea posible, por el interés que tenemos de dejar la mejor herencia y el mejor país a nuestros sucesores.